9.- NEOIMPERIALISMO GLOBAL ESTADOUNIDENSE.
Tienen razón I. Brunet y A. Belzunegi cuando en uno de los mejores resúmenes sintéticos realizados hasta ahora sobre la globalización insisten en que es un concepto engañoso y polisémico que sirve para casi todo, pero que, en realidad y según la mayoría de los análisis desde la izquierda, nos remite a las constantes esenciales del capitalismo desde el siglo XVI y sobre todo desde finales del XVIII y comienzos del XIX (97). Desde esta perspectiva y según mi opinión, la globalización es la agudización de las contradicciones capitalistas que dieron un salto en el imperialismo y que ahora, un siglo después, son sometidas a mayores presiones porque este modo de producción no ha podido resolver sus fallas históricas pese al hundimiento de la URSS, sino al contrario.
Siempre dentro de esta visión panorámica la globalización expresa la dialéctica inherente al capitalismo entre sus fuerzas "endógenas", estricta y puramente económicas y sus fuerzas "exógenas", es decir, sociopolíticas y militares, de modo que el resultado de esa dialéctica siempre es económico-político en la síntesis concreta, material e histórica, pero en el momento del análisis hay que saber diferenciar transitoria y momentáneamente cada uno de los niveles. Así, la globalización responde tanto a la tendencia a la autonomía y separación creciente del capital financiero con respecto a los capitales industrial y comercial, tendencia ya analizada por Marx en sus investigaciones sobre la importancia del crédito (98), por Lenin y otros muchos autores en sus estudios sobre el imperialismo y la tendencia al aumento de la "clase rentista", y por Trotsky en sus análisis sobre la crisis de los treinta, del New Deal y de determinados componentes del fascismo; como, además de estas tendencias endógenas, a las fuerzas exógenas, sociopolíticas y militares de las burguesías del capitalismo desarrollado, y muy especialmente la de los EEUU para recuperar su poder hegemónico debilitado en la década de los setenta.
Desde su óptica, S. Strange ha estudiado el descontrol financiero a partir de determinados cambios técnicos e informáticos que facilitaron el despegue incontrolable de la financiarización en la década de los ochenta. Afirma que la innovación en ordenadores, chips y satélites ha permitido que la economía financiera adquiera una velocidad y omnipresencia tales que se ha impuesto sobre las restantes. Ahora bien, este análisis tecnológico no sirve de mucho si no va acompañado de una síntesis político-económica porque, como la autora dice: "La gente innova para obtener beneficios. Pero los beneficios no son sólo una cuestión económica. La oportunidad de extraer un beneficio de la innovación viene dada, o negada, por la autoridad política de un tipo u otro" (99). Por "autoridad política" yo entiendo el poder de la burguesía y más en concreto, la estrategia de salida de la crisis que el capitalismo arrastra desde comienzos de los setenta.
Pues bien, como afirma X. Arrizabalo, si se puede hablar con rigor de globalización es en el sentido de "la globalización del ajuste" que se ha materializado en estos elementos: "En primer lugar, está la vinculación entre la influencia de la crisis mundial y la opción por estas políticas de ajuste; la prioridad concedida a las políticas de privatización, desreglamentación y apertura externa, más allá de los ritmos e intensidades de sus aplicaciones respectivas, fruto de las propias resistencias que generan; en tercer lugar, los resultados económicos y sociales que provocan, de magnitudes diferentes según los casos, pero de contenido idéntico; finalmente, y vinculado a los anteriores, figura el significado histórico de estos procesos (...) Para los cuatro elementos citados, pero especialmente para el primero y el último, la cuestión central es su dimensión mundial" (100).
La influencia de la crisis mundial ha sido especialmente dura contra la hegemonía norteamericana y esta es una de las razones que explican el que financierización, en cuanto una de las características fuertes de la globalización, haya sido especialmente impulsada por los EEUU y Gran Bretaña. Esta tesis, con la que estoy de acuerdo, es defendida entre otros por E. Palazuelos que muestra el conjunto de medidas tomadas por EEUU e impuestas de un modo u otro al resto de potencias y luego a la economía mundial. Ahora bien, además de ser esto cierto, más importante es lo que el autor afirma sobre la economía capitalista: "Evidentemente no se trata de atribuir al fenómeno de la financierización la responsabilidad exclusiva del freno que experimenta el crecimiento económico, puesto que existen otros elementos que también lo están condicionando (...) entre otros factores, cabe señalar: a) las nuevas características que adopta el progreso técnico y su difusión irregular entre los países y los sectores de la economía; b) las condiciones de rentabilidad de las empresas ocupadas en la producción de manufacturas; c) la rápida terciarización de la actividad económica en los países desarrollados; y, d) los profundos cambios socioculturales que se suceden en esos países" (101).
Estados Unidos se encontraba sumido en la década de los setenta en una idea pesimista según la cual su retroceso en la hegemonía mundial era similar al que padeció Gran Bretaña un siglo antes. Sin ser exhaustivos, desde una perspectiva burguesa progresista ya a finales de los cincuenta hubo una crítica significativa contra las políticas occidentales y en concreto la estadounidense en lo relacionado con el poder militar y los efectos de la segunda revolución industrial, crítica que advertía de las consecuencias negativas para Occidente de no variar, entre otras, la política de ayuda al Tercer Mundos y de no controlar los "efectos negativos" de la militarización de la industria tecnológica y de la economía en general (102); posteriormente desde una perspectiva marxista hubo varios debates al respecto ya desde finales de los sesenta (103) que sería interesante pero imposible recordar aquí, aunque una de las obras más popularizadas por su etilo superficial y fácil fue la de Paul Kennedy de finales de los ochenta en la que reconocía que la "relativa decadencia" era debida, entre otras cosas, también por: "La relativa decadencia industrial del país, medida en relación con la producción mundial, no sólo en viejas manufacturas como tejidos, hierro y acero, construcción de buques y productos químicos básicos, sino también -aunque es mucho menos fácil juzgar el resultado final de este igualado combate industrial-tecnológico- en robótica, aeroespacio, automóviles, máquinas-herramienta y ordenadores (...) El segundo, y en muchos aspectos menos esperado, sector de decadencia es la agricultura" (104).
Las razones que explican la decadencia relativa hay que buscarlas tanto en las dificultades internas de aquella economía como en las opciones estratégicas de los sucesivos gobiernos estadounidenses según denunciaban poco después de P. Kannedy autores tan poco izquierdistas como L. Thurow (105). Aquí es conveniente recordar lo anteriormente expuesto sobre las constantes en las revoluciones industriales anteriores pues, en lo referente a EEUU, todos los datos actuales sobre la famosa "nueva economía" reafirman no sólo la identidad esencial del capitalismo en los tres momentos sino, sobre todo, demuestran que existe un mito interesado y artificial sobre la influencia real de las nuevas tecnologías en el capitalismo actual.
Nadie niega la existencia de innovaciones tecnológicas ni su efectividad en la sustitución del "trabajo vivo", el realizado por humanos, por el "trabajo muerto", el realizado por las máquinas, usando la muy actual definición de Marx; pero de ahí, de reconocer el potencial de las nuevas tecnologías a sobrevalorar intencionadamente su implantación real hay un abismo que no corresponde con la realidad, tal como demuestran precisamente en un capitalismo estratégico como el estadounidense, entre otros, E. Palazuelos al insistir en el "moderado impacto del desarrollo tecnológico sobre la productividad" y sintetizar las perspectivas de esta economía que, como mínimo, se enfrenta a cinco dilemas sobre, uno, la caída de la productividad; dos, la difícil estabilidad monetaria; tres, los problemas en su inserción exterior; cuatro, las funciones económicas asumidas e ignoradas por los poderes públicos y, cinco, la acerada y creciente desigualdad social. Lo malo es que estos dilemas y otros más o menos secundarios, al entrelazarse generan una incertidumbre global sobre el futuro que desautoriza el triunfalismo propagandístico e ideológico (106).
Por su parte, ampliando esta crítica, V. Navarro confirma que las nuevas tecnologías sólo han impulsado al sector de los ordenadores y de la manufactura que supone únicamente el 12 % de economía yanki mientras que el 88 % restante no ha sido afectado por ese desarrollo y ha retrocedido en su productividad. Más incluso, V. Navarro cita las investigaciones de Robert Gordon según las cuales en EEUU no se ha producido una "revolución tecnológica" tal cual la definen los apologistas de la "nueva economía", sino una cierta innovación que no es todavía comparable en sus efectos a la de la electricidad, el motor, el transporte aéreo, el cine, el teléfono o la radio (107). Más adelante veremos que el retraso de la introducción de las nuevas tecnologías en la industria estadounidense y capitalista en general, era ya una tendencia objetiva constata teóricamente con una década de antelación.
Por su parte, M. Bonhomme define así la situación yanki:
"Esta economía funciona a pleno régimen pero sobre la base, por un lado, del capital mundial que la financia, como muestra un déficit exterior cada vez más profundo que alcanza cerca el 4% del PIB americano; de otra parte, del déficit récord del sector privado americano (rentas menos gastos de las empresas y consumidores) que alcanza, en 1999, el 6% del PIB (nivel récord desde 1945). Es, por otra parte, notable constatar que el decenio de 1990 ha visto, tanto en Estados Unidos como en Canadá, sustituir el déficit privado al déficit público y la inflación de los activos financieros sustituir a la inflación de los productos y servicios. Bill Gates y consortes nadan en la prosperidad, por una parte, gracias al caos mundial provocado por la libre circulación del dólar USA (apoyado por una amenaza militar y una cultura comercial hollywodiana cada vez más anestesiante) y, por otra, gracias a la burbuja bursátil que, creando una riqueza virtual en los hogares más ricos, les incita a consumir sus ahorros mientras los hogares menos ricos piden prestado más, como consecuencia de tasas de interés relativamente bajas hechas necesarias, a la vez para dirigir el capital dinero hacia la burbuja financiera y para sostener el consumo. Así el círculo queda cerrado" (108).
Crece así, según este autor, una incertidumbre que viene de antes pero que con la burbuja o globo financiero llega a ser angustiosa. Tal vez sea H. Zinn el que mejor ha narrado la "otra historia" de los EEUU y su verdadera situación a mediados de los noventa: "Una seria crisis nacional como la que existía en los Estados Unidos a mediados de los noventa, una crisis de pobreza, de drogas, de violencia, de crimen, de marginación de la política y de incertidumbre por el futuro" (109). Es en este contexto donde hay que ubicar la estrategia de respuesta de sus clases dominantes, que no sólo de tal o cual Administración de Carter, Bush o Clinton.
P. Gowan afirma que: "la pauta contemporánea de interacciones político-económicas conlleva significantes paralelismos (así como evidentes diferencias) con la dinámica del sistema internacional de principios del siglo XX. En ambos casos las unidades claves para el análisis son las siguientes: el país-líder; los competidores del centro de la economía-mundo capitalista, las nuevas zonas de crecimiento, las regiones auxiliares subordinadas y la clase trabajadora (...) En tales circunstancias, surgían fuertes presiones del interior del centro de la economía-mundo y principalmente del interior de la economía líder, para prestar atención a regiones que no formaran parte del centro y aprovechar las oportunidades que la periferia ofrecía para resolver los problemas internos de la metrópolis" (110). Estas características se aceleraron o ralentizaron según las contradicciones que surgen entre los factores "endógenos" y "exógenos" del capitalismo de modo que, sobre el desarrollo de las tendencias económicas "internas", EEUU presiona políticamente desde el "exterior" para recuperar su hegemonía.
Gowan expone así la dialéctica entre lo "endógeno" y "exógeno": "La globalización y el neoliberalismo se estaban expandiendo a lo largo del mundo occidental antes del colapso del Bloque soviético, pero ha sido durante la década de 1990 cuando las Administraciones estadounidenses han pretendido activamente radicalizar y generalizar estas tendencias, articulándolas de forma que sometan a otras economías políticas a los intereses políticos y económicos estadounidenses. Este proceso de sometimiento se ha perseguido tanto bilateralmente como mediante la reorganización de los programas de las organizaciones multilaterales, de manera que éstas se conviertan también en instrumentos de tal estrategia" (111). Más todavía, el autor resume así el programa estadounidense para lograr un liderazgo renovado sobre Europa: "La clave de todo el programa estadounidense consistía en transformar el papel de la OTAN, en subordinar a los Estados europeo-occidentales a las instituciones multilaterales en el terreno de la alta política y la seguridad, y en dotar a la OTAN de soberanía con respecto a la ONU" (112).
Un ejemplo especialmente brutal de la utilización por el neoimperialismo de la globalización como estrategia expoliadora, lo tenemos en la reciente reunión del G7(+1) en Okinawa para optimizar la explotación planetaria. Pero, como explicación histórica del contexto, según dice E. Toussain:
"Es necesario levantar el velo que oculta la realidad del endeudamiento del Tercer Mundo: se trata de un mecanismo de transferencia de riquezas del Sur hacia el Norte. Según las últimas cifras del Banco Mundial, los PPME, en 1998, han transferido 1.680 millones de dólares más de lo que recibieron de los acreedores del Norte. Es una barbaridad. Los PPME enriquecen a los países más ricos: ésta es la realidad. Si ampliamos el campo al conjunto de países en desarrollo, el escándalo alcanza proporciones inauditas. En 1999, el conjunto de estos países realizó una transferencia neta de 114.600 millones de dólares en exclusivo beneficio de los acreedores del Norte Es, al menos, el equivalente a un Plan Marshall, transferido en sólo un año. Se puede señalar también que el conjunto de países del Tercer Mundo ha reembolsado (en capital e intereses) 350.000 millones de dólares en 1999 es decir siete veces más que el total de la Ayuda Oficial al Desarrollo, que sumará ese año unos 50.000 millones de dólares" (113).
Recordemos que el Plan Marshall no sólo era de "ayuda económica" de EE.UU a la Europa occidental, sino también "ayuda" militar, política e ideológica para detener la amenaza revolucionaria.
Llagamos así, otra vez, al sempiterno tema de la importancia de lo militar en el capitalismo y en su tecnociencia, sobre todo en el de los EEUU, que no olvidemos es "la primera nación deudora del mundo" (114). Uno de los críticos más serios de las versiones reaccionarias y reformistas --la famosa de la "tercera vía" de Gore y Clinton, Blair y otros-- de la globalización es J. Petras que dice:
"La toma de decisiones en la OTAN ha estado siempre bajo el control norteamericano. Cuando el gobierno de los Estados Unidos decidió reemplazar al general Wesley Clark en Yugoslavia, el llamado "secretario general de la OTAN, Javier Solana, se enteró de la decisión por un periódico. La oposición europea a la dominación americana de la OTAN refleja el hecho de que las decisiones militares tienen consecuencias políticas y económicas importantes, que afectan a la suerte de los intereses capitalistas respectivos. Donde la OTAN interviene, los Estados Unidos posteriormente establecen o extienden su influencia, sus multinacionales obtienen una entrada privilegiada, el nuevo régimen dependiente es leal a los Estados Unidos: en una palabra, la OTAN es un arma del imperio americano. Como resultado, mientras el capital europeo se extiende mundialmente en competencia con los Estados Unidos, en la Europa del Este, la ex Unión Soviética, en Oriente Medio y en otras partes del globo, los líderes europeos han reconocido la necesidad de crear una fuerza militar independiente, su propia "fuerza de despliegue rápido", para establecer esferas de influencia europea e intervenir cuando sus intereses estén amenazados" (115).
No me he extendido por capricho en estas cuestiones sino para hacer más fácilmente comprensible las enormes ganancias que obtienen los EEUU con su poder globalizador. M. Durand analizando la relación entre el neoimperialismo estadounidense y las altas tecnologías, dice:
"Estados Unidos dispone, en efecto, del poder de hacer financiar la acumulación de su capital por el resto del mundo. Algunas cifras son necesarias para tomar la medida de este fenómeno. En 1992, la inversión productiva representaba el 10% del PIB y ha pasado al 12,5% en 1999: los flujos de inversión superiores a esta barrera del 10% del PIB representan, una vez acumulados, 250 millardos de dólares. En el mismo período 1992-1999, el déficit acumulado de la balanza exterior representa 225 millardos de dólares. Dicho de otra forma, el esfuerzo suplementario de inversión ha sido financiado en un 90% por el resto del mundo. Un déficit exterior representa una entrada de capitales y, de forma simétrica, un excedente comercial implica una salida de capitales. Se pone pues el dedo en un fenómeno relativamente bien conocido pero que toma desde hace dos o tres años una importancia renovada: son Japón y Europa quienes financian la recuperación de la acumulación, en los Estados Unidos. Este desarrollo desigual de la acumulación basta para afirmar que el modelo americano no es fácilmente reproducible en todas sus dimensiones" (116).
Pero no quiero acabar este breve repaso del neoimperialismo y de la neoglobalización impuesta por EE.UU, fundamentalmente, sin tocar el decisivo problema de la expoliación intelectual del planeta en beneficio del capitalismo yanki. Una proporción considerable y creciente de lo que Marx define como "producción espiritual" está realizada en los EE.UU. por fuerza de trabajo no estadounidense "robada", como muy bien denuncia la revista cubana Gramma a sus pueblos de origen. Precisamente cuando la tecnociencia cono parte interna del capital constante y de las fuerzas productivas adquiere cada vez más importancia, la esquilmación y el expolio intelectual es uno de los objetivos básicos del conjunto de instrumentos del saqueo capitalista:
"Fuentes de la Fundación Nacional para la Ciencia, de Estados Unidos, indican que para 1995 de los doce millones de personas que trabajan en proyectos científicos o ingenieros en ese país, el 72 por ciento son nacidos en países en vías de desarrollo. Añade que mientras más calificados, es mayor la proporción: el 23 por ciento de los que poseen un grado de doctor no son nacidos en Estados Unidos, y es mayor en áreas fundamentales como ingeniería y ciencias de la computación, un 40 por ciento. El Observatoire des Sciences et Techniques de Francia señala que Estados Unidos atrae (otra palabra más correcta) un 40 por ciento del total mundial de las "migraciones" científicas y tecnológicas. La Conferencia de la UNESCO llega a una sencilla conclusión: es obvio que el primer país en términos de capacidad científica y técnica, de innovaciones tecnológicas del mundo, depende significativamente de cerebros de países en desarrollo, pero también de sus propios aliados europeos" (117).
(97) Ignasi Brunet y Angel Belzunegui: "Estrategias de empleo y multinacionales". Icaria, Barcelona 1999, págs 33-110.
(98) Karl Marx: "El Capital". FCE. México 1973. Libro III págs. 373-528.
(99) Susan Strange: "Dinero loco. El descontrol del sistema financiero global". Paidós. Barcelona 1999. Pág. 35.
(100) Xabier Arrizabalo (edit.): "Crisis y ajuste en la economía mundial. Implicaciones y significado de las políticas del FMI y el BM". Edit. Síntesis, Madrid 1997, pág. 401.
(101) Enrique Palazuelos: "La globalización financiera. La internacionalización del capital financiero a finales del siglo XX". Edit. Síntesis. Madrid 1998, pág. 206.
(102) Fritz Sternberg: "La revolución militar e industrial de nuestro tiempo". FCE. México 1961.
(103) Ernest Mandel: "Proceso al desafío americano". Síntesis. Barcelona 1970, t E. Mandel y M. Nicolaus: "Debate sobre Norteamérica". Anagrama, Barcelona 1972.
(104) Paul Kennedy: "Auge y caída de las grandes potencias". Plaza y Janés. Barcelona 1989. Pág. 639.
(105) Lester Thurow: "La guerra del siglo XXI. La batalla económica que se avecina entre Japón, Europa y Estados Unidos". Vergara, Buenos Aires 1992.
(106) Enrique Palazuelos: "Estructura económica de los Estados Unidos. Crecimiento económico y cambio estructural". Edit. Síntesis. Madrid 2000, págs. 313-335.
(107) Viçens Navarro: "¿Existe una "Nueva Economía"?", en Sistema, nº 159, Madrid 2000, pág. 35.
(108) Marc Bonhomme: "¿Crisis mundial o nueva onda larga expansiva?". Viento Sur, nº 52, Madrid septiembre 2000.
(109) Howard Zinn: "La otra historia de los Estados Unidos". Hiru. Hondarribia, 1997. pág. 598.
(110) Peter Gowan: "La apuesta por la globalización. La geoeconomía y la geopolítica del imperialismo euro-estadounidense". Akal, Madrid 2000, pág. 99.
(111) Peter Gowan: "La apuesta por la globalización". Ops. Cit. Pág. 12.
(112) Peter Gowan: "La apuesta por la globalización". Ops. Cit. Pág. 454.
(113) Eric Toussaint: "Mascarada en Okinawa". Viento Sur, nº 52, Madrid septiembre 2000.
(114) R.J. Barnet y J. Cavanagh: "Sueños globales". Ops. Cit. Pág 337.
(115) James Petras: "Las estrategias del imperio. Los EE.UU y América Latina". Hiru, Hondarribia 2000, págs. 203-204.
(116) Maxime Durand: "Neoimperialismo + alta tecnología". Viento Sur, nº 25, Madrid septiembre 2000.
(117) Mireya Castañeda: "El mercado de cerebros: ¿fuga o robo?". Gramma Internacional. La Habana, 28 sept. 2000.